“Un Quilombito Visual”, una gran expresión artística, política y de acogedora rebeldía en Esmeraldas

Por: María Preciado y Samira Folleco

“Quilombito” viene de quilombo, una palabra de origen kimbundu que originalmente hacía referencia a un campamento o aldea. Durante la época colonial en América, los quilombos se convirtieron en espacios donde personas negras esclavizadas que habían escapado construyeron comunidades, autonomía y vida colectiva. En “Un Quilombito Visual”, la palabra se reapropia para nombrar un espacio donde investigadorxs negrxs se encuentran para mirar, documentar y producir conocimiento desde lo que saben y viven en sus territorios.

“Un Quilombito Visual" fue el nombre que recibió la exposición fotográfica realizada por lxs investigadores pares del cantón Esmeraldas. La muestra recogió parte del proceso de fotovoz que llevaron a cabo como uno de los métodos creativos de DignArte Cimarrona y que luego decidieron compartir con otras personas de su territorio. Fue una oportunidad para mostrar, desde sus propias miradas, algunas de las realidades que atraviesan la vida cotidiana en Esmeraldas y abrir conversaciones sobre aquello que muchas veces termina normalizándose. 

En las líneas siguientes encontrarán un texto escrito a seis voces. Geraldine Benalcázar, Carolina Estacio, Valeria González y Andrés Bagüí, investigadores pares y realizadores de los ejercicios de fotovoz, quienes nos cuentan desde su propia experiencia cómo vivieron la construcción y realización de “Un Quilombito Visual”, después de transitar su territorio desde una mirada distinta y más consciente. A ellxs  se suman las voces de María Preciado, quien acompañó de cerca este proceso de investigación y creación, y,  Samira Folleco, acompañante de algunos de los espacios de encuentro de DignArte Cimarrona, diálogos que en su momento fueron reveladores y que encontraron en esta exposición una forma de materializar y movilizar muchas de aquellas reflexiones. 

Más que contar un evento, estas seis voces buscamos recuperar una experiencia y lo que significó hacerla posible. 

El 20 de julio, el Museo de Esmeraldas, ubicado en la calle Piedrahita, en el centro de la ciudad, fue el lugar donde las fotografías encontraron otro espacio para ser miradas y conversadas. Las imágenes hablaban de la infraestructura, de las dificultades en el acceso a la salud pública y de distintas formas de abandono estatal que atraviesan el territorio. También mostraban cómo estas condiciones afectan de manera diferenciada a las mujeres negras y racializadas de Esmeraldas, quienes sostienen la vida cotidiana y cuyos aportes no siempre son reconocidos. 

Las fotografías y las puestas en escena también cuestionaban la indiferencia de quienes toman decisiones sobre el territorio. No obstante, la exposición no estaba hecha solamente de denuncias. Había memoria, afectos, preguntas y una voluntad radical de querer transformarlo todo, transformar todo aquello que duele. Esto fue puesto en diálogo dentro del museo, haciendo de “Un Quilombito Visual” una expresión artística, política y de acogedora rebeldía. 

Para quienes acompañamos el proceso y estuvimos ese día, cada fotografía podía provocar una pregunta, un recuerdo o una conversación. Pero, para quienes lo hicieron ¿Qué significó hacer estas fotografías, elegirlas y ponerlas a dialogar en una exposición? 

Valeria cuenta que “significó tomar consciencia de muchas cosas que a veces vemos a diario y terminamos normalizando. La exposición fue mucho más allá de nuestras expectativas, porque mientras íbamos montando me di cuenta que no solo estábamos haciendo fotografías, sino mostrando diferentes realidades que atraviesa Esmeraldas y que muchas veces no son visibilizadas. Fue también una forma de cuestionarme y cuestionarnos sobre lo que estamos viendo y sobre aquello que, de alguna manera, también vivimos como pueblo”. 

María agrega que  ver estas historias dentro del Museo de Esmeraldas le  produjo orgullo y emoción “porque demuestra que desde nuestras comunidades podemos contar nuestras propias realidades y aportar a la construcción de una sociedad donde las mujeres puedan vivir con dignidad, respeto y sin violencia”. 

Eso en cuanto a significado, pero en cuanto materialización,  hacer la exposición también significó aprender a construirla colectivamente. Carolina recuerda que fue una experiencia muy grata “dar a conocer lo investigado, lo que sabemos de otras personas y de nuestra ciudad, la realidad de la vida con claridad. Fue muy conmovedor, pero también maravilloso conocer mucho más de los temas, organizarnos junto con los compañeros y preparar los materiales que se utilizaron. Gracias a eso también aumentamos nuestros conocimientos”. Sobre el montaje, agrega que se trató de “preparar el salón con el material para que todo quedara bonito y, sobre todo, que las fotos hablaran por sí solas. Se ordenaron las ideas para que todo tuviera sentido”.

Valeria explica que decidir dónde colocar cada fotografía también fue parte del aprendizaje. “Queríamos que cada fotografía tuviera un sentido y que todo lo que estaba dentro del museo contará una historia. Nos dimos cuenta de que no se trataba de colocar por colocar las fotos en cualquier lugar. Fue pensar qué imagen debía ir primero, cuál después y cómo una podía conectarse con la siguiente. Sentíamos que los demás elementos ayudaban a crear el ambiente y a complementar lo que queríamos transmitir. Entre todos fuimos aportando ideas. Creo que esa parte nos permitió entender que una exposición no solamente depende de las fotografías, sino también de cómo las presentas y de cómo haces que las personas recorran y conecten con ellas”.

Para Andrés también era la primera vez participando en una exposición. “Tuvimos uno que otro inconveniente para montar en un orden específico y ver qué usar para colgar los retratos y demás objetos, pero fue muy entretenido poder participar en esta dinámica grupal, ver qué sí y qué no. El personal del museo también nos daba sugerencias de cómo se podría realizar, ya que era mi primera vez en una exposición”.

Para todos era la primera vez en muchos sentidos. Estaban los nervios, las dificultades propias del montaje y todo lo que implica convertir un proceso de investigación y creación en una exposición. Pero también estaba la posibilidad de ocupar un espacio como el Museo de Esmeraldas para contar, desde sus propias miradas, aquello que ocurre en su territorio.

“Un Quilombito Visual” estaba compuesto por fotografías que hablaban de ausencias, negligencias y violencias, pero también de afectos, rabias, alegrías y esperanzas. Escuchar a Geraldine, Carolina, Valeria y Andrés hablar sobre sus fotografías permitía entender que no se trataba solamente de mostrar imágenes, sino de construir una forma propia de mirar y contar Esmeraldas.

Quizás ahí está una de las dimensiones políticas más importantes de esta experiencia. Durante mucho tiempo, distintos espacios han hablado sobre la población afrodescendiente sin contar necesariamente con sus voces. Esta vez, quienes acuerpan esas realidades tuvieron la posibilidad de fotografiarlas, nombrarlas, organizarlas y compartirlas en un espacio institucional.








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