¿Cómo se está pensando la violencia basada en género en Esmeraldas?
Por Nayely Gonzalez
A partir de entrevistas con actores clave en el territorio, Nayeli González, investigadora de DignArte Cimarrona e integrante del Colectivo Mujeres de Asfalto (CMA), reflexiona sobre las múltiples formas en que la violencia basada en género se vive, se nombra y, muchas veces, se silencia en Esmeraldas:
Cuando me preguntan cómo se piensa la violencia basada en género en Esmeraldas, lo primero que me viene a la mente es que no se trata solo de golpes o de titulares en los periódicos. La violencia aquí tiene muchas caras, y muchas de ellas ni siquiera se nombran.
En nuestro territorio, la violencia está en lo cotidiano. Está en el silencio, en lo que no se dice. Está en la falta de oportunidades para las mujeres negras y para las diversidades, en la ausencia de datos que muestren lo que realmente vivimos, en el racismo que se mezcla con el machismo y nos atraviesa todos los días.
He escuchado muchas veces frases como: “en mi contexto social no se considera que las mujeres vivan violencia”. Y me duele, porque refleja una realidad que es cierta: a muchas de nosotras nos enseñaron a normalizar lo que vivimos. Ser mujer negra, ser joven, ser diversa, ya nos pone en una situación donde la violencia está presente, pero la mayoría de las veces nadie la reconoce como tal…
Ser mujer negra en Esmeraldas significa cargar con una doble discriminación. Por un lado, el machismo que atraviesa a toda la sociedad; y por otro, el racismo que nos pone siempre en duda, que no nos cree, que nos juzga antes de escucharnos.
Yo he visto cómo, ante una misma situación de violencia, a una mujer blanca con privilegios se la defiende o se la llega a atender de manera diferenciada, mientras que a una mujer negra precarizada se la cuestiona y se la revictimiza aún más. Esa mirada constante que nos responsabiliza por el dolor que vivimos también es violencia.
Muchas veces, la racionalización del dolor del sistema penal y judicial deshumaniza a muchas cuerpas negras a quienes se les ha naturaliza la violencia, como cuerpas negras capaces de aguantar cualquier tipo de injusticia.
Otra cosa que marca mucho a nuestro territorio es la diferencia entre lo urbano y lo rural. En las comunidades, denunciar no es fácil. Las instituciones quedan lejos, el transporte es caro, y muchas mujeres terminan callando porque no tienen cómo llegar a pedir ayuda. Incluso dentro de los procesos de denuncia muchas de mujeres negras de la ruralidad reciben violencia institucional que se manifiesta dentro de los procedimientos legales y administrativos (especialmente en las denuncias por violencia de género), donde las propias reglas, protocolos, exigencias formales y actitudes de los operadores judiciales terminan reproduciendo maltrato, desconfianza y desgaste hacia las mujeres que buscan justicia por parte de la institucionalidad.
Ese silencio forzado se convierte en un círculo de violencia que se hereda como parte del racismo histórico combinado con el sistema patriarcal. Lo he visto en talleres con jóvenes, por ejemplo, en niñas que repiten las mismas violencias que vivieron sus madres, porque nunca se les enseñó que podían vivir diferente. Romper ese ciclo es uno de los retos más grandes que tenemos como territorio y como sociedad.
Frente a todo eso, lo que me da esperanza es lo que hacemos desde las organizaciones comunitarias.
En ese camino no estamos sol@s. He visto a artistas como Crisleyani Preciado usando la música para nombrar lo que nos pasa, y a colectivos como la Fundación Red Badea que trabajan con las diversidades sexogenéricas, recordándonos que la violencia también se esconde en la normalización del insulto, del chiste, del rechazo cotidiano.
Pensar la violencia en Esmeraldas también es reconocer lo que falta:
Políticas públicas nos miren de verdad, con enfoque interseccional, tomando en cuenta que no es lo mismo ser mujer negra en lo urbano que en lo rural.
Instituciones que se acerquen de manera sensible, que no revictimicen y que den confianza.
Datos claros sobre lo que pasa en nuestro territorio, porque si no aparecemos en las cifras, es como si no existiéramos.
Apoyo real y sostenido a las organizaciones comunitarias, porque somos quienes estamos más cerca de las víctimas, quienes acompañamos desde lo humano, no desde el escritorio.
Para mí, pensar la violencia en Esmeraldas es hablar desde el dolor, pero también desde la resistencia y la rabia como instrumento político de denuncia y enunciación. También reconocer que nuestras comunidades están cansadas de cargar con violencias normalizadas, pero también que seguimos creando y formando discusiones y soluciones propias, desde nuestra cultura, desde la colectividad, desde las organizaciones, desde el arte y la palabra.
Yo lo pienso así: la violencia basada en género aquí no es solo un problema individual, es un reflejo de las desigualdades históricas que han pesado sobre los cuerpos negros y sobre las comunidades afroesmeraldeñas. Pero también creo que la salida está en las organizaciones popular y colectivos que entretejen redes comunitarias que sostienen la vida como una forma de reproducción ampliada donde nos reconozcamos, acompañemos y construyamos memoria porque nuestras vidas si importan y merecen respeto, dignidad y un futuro.
Y por eso insisto: pensar la violencia en Esmeraldas es, al final, un acto de humanidad.