¿Cómo influye la inseguridad en la violencia basada en género?
Mientras las olas del mar sigan chocando a la orilla de la playa, hay posibilidad.
Fotografia tomada por la autora en Las Plamas, Esmeraldas.
Por Samira Folleco
A partir de entrevistas con actores clave en Quito, Samira Folleco, investigadora de DignArte Cimarrona en FLACSO, reflexiona sobre cómo la inseguridad, el crimen organizado y la espacialidad configuran nuevas y más crudas formas de violencia basada en género en territorios como Esmeraldas:
DignArte, entre las aristas a comprender, sitúa la naturaleza espacial de la violencia basada en género en el centro de su análisis, reconociendo la amplitud y complejidad de lo que el género implica en los territorios. Hablar de espacio es también hablar de causas, de raíces, de historia: ¿por qué en Esmeraldas la violencia sobre las corporalidades negras y afrodescendientes pareciera vivirse con mayor visceralidad que en otras territorialidades del Ecuador? La respuesta continúa en construcción dentro de nuestro proceso investigativo. Sin embargo, iniciar diálogos con quienes encarnan aquello que muchas veces ni siquiera alcanza a teorizarse nos revela que la realidad es mucho más compleja de lo que solemos imaginar. Escuchar el territorio es también una forma de producir conocimiento.
Entre nuestras percepciones iniciales y la realidad que hemos ido encontrando, vislumbramos que, así como el espacio configura las formas de vida, también configura las formas en que se experimenta y se reproduce la violencia. Ecuador se encuentra en un conflicto armado interno desde enero de 2024, lo cual evidenció el desbordamiento sistemático que ya atravesaba el país. En este escenario apareció un enemigo recurrente en cualquier narrativa: el crimen organizado. Nombrarlo no solo describe una estructura delictiva, sino también una atmósfera cotidiana de miedo e incertidumbre.
En el primer semestre de 2025, Ecuador cerró con 4.619 muertes violentas, lo que representa un incremento del 47% respecto al mismo periodo de 2024, para culminar con un total de 9.216 homicidios intencionales, de acuerdo con el Ministerio del Interior, siendo considerado el año más violento en la historia del país. Esmeraldas se posiciona como uno de los territorios donde se concentran estas expresiones de violencia, según el informe presentado por el Observatorio Ecuatoriano de Crimen Organizado (OECO). Resulta casi imposible que la violencia basada en género no se vea también atravesada por la complejidad de este contexto nacional.
En Esmeraldas, los homicidios intencionales aumentaron un 22,15% de 2024 a 2025, y el 78,57% fueron cometidos con armas de fuego, lo documentado por el Ministerio del Interior. A esto se suma el subregistro: muchos cuerpos nunca vuelven a ser vistos y no se termina de esclarecer qué ocurre en la narrativa oficial. Este dato no es menor; habla de ausencias que también son políticas. La violencia se imprime sobre cuerpos feminizados que habitan un territorio históricamente empobrecido y marginalizado. Las corporalidades han sido, a lo largo del tiempo, la materialización de nuestras realidades sociales; por ello, en las entrevistas realizadas hemos observado cómo el espacio configura, desde un lugar histórico y coyuntural, la violencia basada en género.
Lola Valladares, especialista en programas en ONU Mujeres, con quien dialogamos en el marco de nuestra investigación, señala que uno de sus levantamientos de datos muestra que “la incidencia del crimen organizado aumenta también o tiene características específicas en la violencia contra las mujeres”. Así, la inseguridad que atraviesa Ecuador —y que se encuentra especialmente enquistada en territorios como Esmeraldas— provoca que la violencia inscrita en los cuerpos feminizados ya no sea únicamente la “común”, a la que tristemente estamos acostumbradas, sino que su transmutabilidad en contextos de crimen organizado e inseguridad cotidiana recrudece los hechos.
Las cifras obtenidas por la Alianza Feminista para el Monitoreo de Femi(ni)cidios en Ecuador, en su informe de 2025, lo demuestran: se logró registrar 411 femicidios durante los 12 meses del año, y al menos 256 de ellos en sistemas criminales, siendo el 78% cometidos con armas de fuego. Estas estadísticas no solo dimensionan el problema; también evidencian la convergencia entre violencia estructural, crimen organizado y violencia de género.
Las corporalidades feminizadas se sitúan, además, como terrenos de disputa para las bandas: se las objetiviza como sinónimo de ganancia, y la muerte de estas cuerpas puede convertirse en el pagaré de algún error cometido por miembros de grupos de delincuencia organizada. En este contexto, la inseguridad intensifica el asedio sobre ellas. La puesta en escena de la inseguridad como malestar generalizado corre el riesgo de diluir estas muertes, de no nombrarlas como feminicidios, sino de clasificarlas como simples daños colaterales.
Este proceso investigativo nos encamina a ampliar la comprensión del rol que cumple la espacialidad en la violencia basada en género, especialmente cuando dicha espacialidad está mediada por un contexto nacional que agrava de manera directa a territorios como Esmeraldas, donde los altos niveles de inseguridad se entrelazan con el racismo estructural y sistemático que golpea a la provincia. Entender esta intersección no es solo un ejercicio académico; es una urgencia ética y política.